A todas las mujeres que les cuento que me anoté a un curso de seducción me dicen que es un curro, que no hay secretos por aprender, y que los alumnos somos todos unos nabos. Sin embargo, a los amigos que los pongo al tanto del curso, me escuchan con asombro. “Si hubiera sabido antes de esto”, se lamentó uno. “Pero ahora estoy casado, la puta madre”.

Este es el único curso en el mundo que empieza a las 22 hs y termina a las cinco de la mañana. Impartidas en la Escuela de Seducción Secreta, son tres jornadas intensivas de 18 horas en total, con seis de práctica en boliches. Desde que abrió sus puertas dos años atrás, por esta escuela ya pasaron 230 alumnos y muchos no paran de romper elásticos de la cama.

Es noche de viernes, el momento en que cualquiera de nosotros estaría tomando vino o rascándose el higo en la casa. Sin embargo, aquí estamos: diez tipos de más de 30 -uno viajó especialmente desde Entre Ríos-, pegados a los pupitres, birome en mano, a la espera de un milagro. Todos desembolsaron 300 pesos y firmaron un contrato de 13 cláusulas donde se comprometen, entre otras cosas, a mantener las enseñanzas de seducción en secreto.

La conquista es un proceso largo, penoso y complejo, como la digestión. Algunos alumnos pueden tener bloqueos en distintos órganos y otros hasta tener dificultades para llevarse comida a la boca.

En la primera clase, como introducción, cada alumno presenta al resto la historia de su fracaso. El primero dice: “Siento que entre las mujeres y yo hay un muro”. Otro dice que cuando se acerca a una chica que le gusta, le transpiran las manos, le dan palpitaciones y la lengua se le convierte en un arrolladito primavera. Otros superaron el miedo pero no logran completar el ciclo: “Yo salí un tiempo con una stripper, me partió la cabeza y quedé como un pelotudo. Desde entonces, estoy estancado”. “Yo me acerco a las mujeres y les pregunto: ¿Dónde está la parada del 160? Pero después me congelo, viste”. “Te entiendo”, le dice un instructor. “Pero dejá de decir viste. Es señal de inseguridad”.

El último en presentarse es el más franco de todos: “Vengo acá porque ya no me quiero conformar con hacerme pajas toda la vida”. Y es cierto: masturbarse es como jugar al frontón. Tarde o temprano, uno quiere salir a la cancha. Sin embargo, antes de embocarla con la raqueta, debe acostumbrarse a recibir unos cuantos pelotazos.

Para esto mismo existen las escuelas de seducción, diseñadas para afrontar los pelotazos y afinar la puntería con la raqueta. Seducción Secreta es la primera en el rubro de toda Latinoamérica. Además del curso intensivo de seducción, dictan clases de magia con trucos pensados para levantar, cursos de moda que incluyen salidas de compras, clases prácticas en shoppings, plazas, alter hours y discos con grupos reducidos, y cursos residenciales tete a tete: 8 horas de acompañamiento con instructores durante 15 días continuados, que salen  cuatro mil pesos. “Empezamos esta semana con un brasileño que viene a pulir algunas cosas”, dice Iván Rodríguez Duch, uno de los instructores. “Tiene levante. Pero ahora quiere conquistar modelos”.

En Latinoamérica, existen 20 mil integrantes de la comunidad de seductores y, se estima, son más de medio millón en todo el mundo.
En agosto, abre la competencia de Seducción Secreta en nuestro país, la academia LevantArt –hacen prácticas simuladas con modelos, no en boliches-. Para sondear el terreno, un instructor se infiltró como alumno de Seducción Secreta diciendo que era músico frustrado al que le faltaban groupies. “Tenemos testigos y está grabado”, dice Iván. “No sabemos si lo hizo para ver cómo enseñamos o para sacar información. No importa, eso no se hace”.

El arte del levante es cosa seria. En los Estados Unidos, en donde surgieron las primeras escuelas, los profesores disertan en universidades y son la cara de medios prestigiosos.
En nuestro curso, los instructores citan a Henry Ford, Osho, David Goleman, Jack Lawson, Anthony Robbins, y a Dale Carnegie y Reneau Peurifoy, dos gurúes de la autosuperación.

En la primera clase, se habla de psicología evolucionaria, de los monos antropomorfos y del origen de la timidez. Al parecer, el miedo patológico a acercarse a mujeres se remonta a los tiempos en que usábamos taparrabos. Como en cada tribu había escasez de chicas, si uno erraba su única oportunidad de amor, lo más probable fuera que pasara toda su vida empomándose chimpancés. De ahí el miedo. Pero los tiempos han cambiado. Hoy en día, hay abundancia de mujeres. Son mayoría en el mundo. Ahora bien, si usted decide llevarse un chimpancé a la cama, ya no tiene problemas de seducción. Tiene síndrome de Tarzán.

La atracción está cifrada allí donde uno vaya, desparramada en toda la naturaleza. “En muchas especies, la mujer está diseñada para sentir atracción por el líder”, dice Iván. “Es una característica de los monos antropomorfos. El líder se lleva a todas las hembras”. Un alumno levanta la mano. “Quería decir que los humanos somos parientes directos del chimpancé, el gorila y el orangután. Yo soy biólogo y es tal cual lo que contás”.

Martín Albamonte, el segundo instructor, dice que la profesión tampoco tiene nada que ver con el levante. Y la facha tampoco es vital. “Hay empleados de McDonald’s que cogen como locos y músicos que no ganan nada. Entonces, ¿qué es lo que ve una mujer de un hombre que la hace sentirse atraída?” Es la primera pregunta profunda de la noche. Estamos entrando en un terreno delicado. Los alumnos agarran las biromes y afinan los oídos.

¿Qué las atrae? Bien, las características que hacen a todo líder. Es decir, un orangután que tenga iniciativa, que goce de aprobación social, que sonría, que tenga buen humor, que lleve una apariencia sobresaliente –por ejemplo, el culo tan rosa que parezca una fresa-, que sea extrovertido, y relajado, todo eso les encanta. Un orangután que haga sentir a las chicas que, para él, la reproducción no es lo más importante en su vida, aún cuando piense el 90% del día con el pito. Un orangután que pueda decir: “Tengo el proyecto de mezclar bananas con leche y ponerme a vender licuados en la selva”. Eso funciona.

En la primera clase, aprendemos que, más que la pinta, la base de todo el levante es la mentalidad. No importa que uno tenga un discurso preparado, no importa que diga malos chistes. Estas cosas son apenas la punta del iceberg. La autoestima es la clave. “El ego siempre espera aprobación de los demás”, dice Iván. “En cambio, cuando el hombre se siente bien, sin necesidad de recibir nada. Eso es alta autoestima y es el eje de todo”.

A los tímidos que actúan con miedo, torpeza y se pisan el ego, en la comunidad de seductores se los llama lauchas, bichos que salen del túnel, temerosos de sus innumerables depredadores. A una laucha le lleva años de formación, hasta que se convierte en un canchero, melenudo, y feroz león. “El león no pide”, nos explican los instructores. “El león morfa”.
Hay alumnos que, con el tiempo, se convierten en grandes leones. En los Estados Unidos, Neil Strauss era un paparulo de anteojitos que trabajaba en la Rolling Stone y el New York Times, hasta que, como encargo para un artículo, pagó 500 dólares para un curso de levante con el ícono mundial del tema, un mago canadiense apodado Mistery. Con el tiempo, Strauss terminó escribiendo “El método”, un best-seller de la seducción masculina. Hoy, es un gurú que le da masajes íntimos a Courtney Love –la viuda de Kurt Cobain- y, por poco, le hinca el diente a Britney Spears. Hoy, Strauss se rebautizó Style, tiene sus propias rutinas y da consejos sobre cómo llevarse dos mujeres a la cama de una forma tan natural como ponerle azúcar y limón al té.

Buena parte de los referentes de la comunidad de seducción, son lauchas convertidas en felinos de la conquista. Ross Jeffries es el pionero: un comediante patético que acabó convertido en el padre del levante. En 1992, escribió “Cómo llevarse a la cama a la mujer de sus sueños”, y sentó las semillas gracias a la cual, miles y miles de seguidores han indagado en el mundo, perfumado y agreste, que se extiende más allá de las bombachas. Jeffries asegura que, no hace falta tener la facha de Tom Cruise, para levantarse a Nicole Kidman. Él emplea técnicas neurolingüísticas y un poquitín de hipnotismo al servicio de la conquista. Y hablando de Cruise, cuando filmó “Magnolia” en 1999, Tom se inspiró en Jeffries para hacer el papel de un maestro del sexo fácil que trataba a las mujeres como cervatillos. Ahora, Ross da cursos por todo el mundo, y promete a sus seguidores que, si en 90 días no se levantan a tres mujeres como mínimo, les devuelve el dinero del taller.

Con el tiempo, sin embargo, apareció un método superador, el de Mistery, un frustrado mago de Canadá que la puso recién a los 21 y que, cansado de rebotar, empezó a desarrollar su propio guión de levante, utilizando trucos y rutinas de humor. Para Mistery, esto es un arte. Él es el emblema del método indirecto: enseña cómo acceder a un grupo de mujeres, y a través de una falsa indiferencia, conquistar a la más linda del grupo. Hoy, tiene programa de tevé propio y sus cursos cotizan 2500  dólares. Le fue tan bien con las mujeres – por cada tres avances un promedio de una mujer abrochetada- que, como suele suceder, le empezó a ir mal en la vida. En dos oportunidades, Mistery intentó suicidarse. “Nosotros le decimos a los alumnos que no basen su vida en conquistar mujeres”, dice Iván. “Si no, tarde o temprano, se van a frustrar”.

El propio Iván es una laucha convertida en león. Hasta los 19, era un mentecato con las chicas. Un día, ingresó a un foro de fisicoculturismo y descubrió un enlace con un sitio de David Deangelo, un gurú de la seducción cuyo lema es: “El mayor afrodisíaco para una mujer es decirle ‘No’”. Iván se metió en foros, se instruyó, se contactó con seguidores en la Argentina –así conoció a Martín Albamonte, su socio en Seducción Secreta-, y terminó pulido como la punta de una lanza. “Pasaron varios años, y me transformé de un mudo a un seductor de buen nivel”, les explica hoy a los alumnos.

En la primera clase, nos enseñan las claves del preacercamiento y el lenguaje corporal: no cruzar los brazos, no gesticular, no moverse, no mirar el piso, no dudar, no transpirar. “No tengan el vaso sobre el pecho, eso demuestra inseguridad, llévenlo abajo, al lado de la cintura”. A la hora de conversar con una chica, se necesita ser un bloque de teflón. Las mujeres, nos dicen, tienen un radar asombroso para advertir cuando hay una laucha cerca.

Para el boliche, nos recomiendan evitar el mal aliento –“a la disco lleven, como mínimo, dos paquetes de chiclets”-, elegir ropa sobresaliente, ponerse crema autobronceante y tener un buen perfume. Una vez, Martín, el instructor, invirtió 300 pesos en perfumes de imitación. Cada noche, probaba uno distinto y le pedía a las chicas que lo olieran. Dice que el Fahrenheit de Christian Dior, es el que más les gusta a las mujeres.
Uy, ya es la una y media de la madrugada, el fin de nuestra primera clase teórica. Antes de salir, nos hacen la primera crítica estética constructiva: “Vos cambiate el peinado. Vos esa camisa no va. Vos tenés los pelos para abajo, es señal de baja autoestima. Vos tenés unos lindos zapatos, pero no me gusta lo demás”. De la escuela en el barrio de Belgrano, partimos a la disco Sunset, en Olivos, la catedral del levante. “Esta noche el único objetivo de ustedes es romper el hielo”, nos dicen. “Pidan la hora. Pregunten por el baño. Pero háganlo, como mínimo, con 20 mujeres”.
En la puerta, Martín da una arenga de aliento: “Respétense. Quiéranse. Y no acepten ninguna mierda de las mujeres. Ni una pizca de mierda. Ni un granito. Ni un maní de mierda. Ahora, a laburar”.

Primera noche de laburo

En Sunset, gracias a mi credencial de periodista, entramos al Vip con Martín, el instructor, y la primera mujer con la que tengo una charla, es con Mariana de Melo, la modelo que sobrevivió milagrosamente a un accidente de autos. No quiero preguntarle por el baño. Ni la hora. Soy periodista. Se supone que mi fuerte son las preguntas. Así que le hago la pregunta menos seductora que hice en mi vida: “Decime Mariana, después del accidente, ¿te quedaron algunos clavos en el cuerpo?” Por suerte, ella no me escucha, así que rebobino y la piropeo: “Estás espléndida, Mariana, sos un milagro de la naturaleza. El dios de la pasarela está con vos”. “Gracias, todavía me faltan dos cirugías estéticas para estar espléndida”.

Minutos más tarde, nos presentan a dos modelos para hacer las fotos de esta nota. Martín habla con una. Yo con la otra, una misionera con unas lolas espléndidas. Martín la maltrata y a la chica le encanta. Yo la trato bien y la chica se aburre.
Tal como lo llaman en la comunidad, Martín es un natural. Un pibe que desde los 16 encara mujeres, reniega de leer libros sobre el tema, y tiene una máxima: “Ir siempre por la mejor chica del boliche”. Tiempo atrás, había sacado un promedio que, de 6 mujeres, se llevaba una. Pero una noche, le habló a 13 y nada. “Dejé el boliche con lágrimas en los ojos”, contó. “Desde entonces, me dejé de preocupar por los rebotes”. Hoy, alienta a sus alumnos a llegar a las últimas consecuencias: “Hay que encarar hasta que cierren el boliche. La próxima mina puede terminar siendo la madre de tus hijos”.

A diferencia de Albamonte, Iván es un estudioso de manual. Un purista. Tiene una postura exquisita. Un lenguaje corporal medido al detalle. Y un discurso a prueba de toda vicisitud. Fuera del vip, Iván me insiste para que ayude a un alumno que trabaja de comerciante de cosméticos, mientras  habla con dos chicas que están por escaparse. Iván me da dos iniciadores de conversación. Demoro la retirada de las chicas, y en un momento, veo cómo a mis espaldas el cosmetólogo se convierte de laucha en felino. Levanta tierra con las patas. Toma a las chicas de los hombros, les dice una sarta de pavadas, que es lo que hacemos todos los que no tenemos una rutina. Abraza a una y luego a la otra. Pide un cigarrillo y lo hace desaparecer en el puño. Aúlla.

Disimuladamente doy un paso al costado, en dirección a Iván. No me llevo bien con las metamorfosis, excepto en algunos superhéroes. “Escuchame”, protesto, “con este pibe no se puede trabajar”. Iván se encoge de hombros. En verdad, hace un gesto que yo juzgo que es para él como encogerse de hombros, pues Iván simplemente mueve un dedo y conserva la postura, la mirada en alto, las manos en los bolsillos con los pulgares hacia fuera. Dice: “Hay gente que encarando minas se ceba y no puede parar. Es una emoción muy fuerte”.

Iván y Martín monitorean nuestro comportamiento a la distancia. A los más quedados, los ayudan a salir a la cancha. Las críticas se las reservan para el día siguiente: “Si les remarcás algo ahora”, dice Iván. “Se pueden inhibir”. Los alumnos salen de cacería y vuelven a contar los resultados. Uno dice: “Encaré seis y cuatro me dijeron que tenían novio”. Otro dice: “Dos”. “¿Dos qué?” “Tengo dos teléfonos”. Uno dice: “Varias me pusieron carita de asco. Pero qué importa: antes me quedaba en casa. Esto ya es un triunfo para mí”. Otro dice que tiene problemas en los grupos con las amigas. “Le hablo a una chica, y, cuando me la estoy por llevar, me la tironean”. “Tratá de ponerte vos de espaldas a la pared y la chica enfrente tuyo”, le explican. “Es lo mejor. Así nadie la distrae”. A las 4:30 de la mañana, dejo la disco en el pico de trabajo. Soy un pésimo alumno. Unos van por el encare 23. Yo no superé los cinco. Mañana será otro día.

Segunda clase

Antes de salir a la escuela, dudo seriamente si ponerme un accesorio en las orejas, hacerme un tatuaje en la muñeca o dejarme la barba candado. Dudo entre las diversas posibilidades de perfumes y cotejo frente al espejo que las zapatillas, el jean, las medias, la remera, el buzo y el saco estén en justa armonía. Ya absorbí seis horas de curso. No sé si me estoy convirtiendo en un tipo re copado o en un boludo bárbaro.

Al llegar al aula, la atención está concentrada en algo que sucedió y yo me perdí. Anoche, un estudiante huyó del boliche, víctima de un ataque de laucha. El alumno come un caramelo tras otro, no tiene palabras para expresar qué le sucedió. “¿Qué se piensan? ¿Que esto es fácil para mí?”
“No se preocupen”, dice Martín. “Esta noche van a ir mucho más preparados”.
Más allá de este detalle, se respira satisfacción en el aula. Los instructores están contentos. “Muy bien”, dicen. “Encararon todos. El gran error fue que la mayoría estuvo un poco avasallante. Invadieron la zona íntima de acercamiento. No se acortan las distancias tan pronto. Eso genera rechazo”

Entre los alumnos ya se notan los primeros cambios, como cuando uno siembra algo y ve el primer brote. Uno cuenta que practicó sonreír durante cuatro minutos seguidos, un ejercicio sugerido en el sitio de la escuela. “Pruébenlo, está copado”, dice. Al biólogo que le remarcaron cambiarse el peinado, hoy vino con los pelos parados con gel. “Estirarse el cabello hacia arriba, es un signo de alta autoestima”, lo elogian los profesores. “Está muy bien”. Otro se puso una camisa con inscripciones flúo. Lo aplauden. Otro se afeitó la barba. Yo vuelvo a pasar la prueba. Me dicen que tengo un extraño parecido a Style, el periodista paparulo que se convirtió en maestro de seducción. Esto me da aliento. Aliento mentolado.

El único que está igual que ayer es Martín el instructor, la misma remera verde, los mismos jeans. Cuando uno llega a ser león, parece, ya no necesita cambiar de pelaje.
En el segundo día de clases, aprendemos rutinas e iniciadores de conversación. Un iniciador es apenas una frase de ayuda para romper el hielo. Algo breve, como comer un maní. Una rutina, en cambio, es una llave al diálogo, un chicle que uno puede mascarlo y mascarlo, y mantener la charla durante un tiempo prolongado hasta que, cuando la chica quiere acordarse, uno tiene la mano hundida en su traste.

Nos enseñan métodos para iniciar conversaciones en boliches, en la barra, en el colectivo, en el subte, en la calle, de auto a auto. Nos enseñan los resultados maravillosos de la restricción simulada de tiempo –“hablo con ustedes chicas, pero me tengo que ir pronto”-, y de la falsa ida –uno se va para después volver, como viene haciendo Mariano Mores los últimos cincuenta años-.
Los instructores hacen un paréntesis para hablar de un elemento clave en el mundo de la conquista: la insistencia. “Un ‘No’, no siempre es ‘No’. Para que no las consideren fáciles, muchas chicas dicen al principio que no. Pero cuando uno insiste, cualquier cosa puede funcionar”, dice Iván. “Insistan, muchachos”, alienta Martín. “Insistan hasta que llamen a la policía”.

En la última fila del aula, de saco blanco, comiendo pastillas de mentol, un nuevo participante levanta la mano. Este es Alejandro, un ex alumno hoy convertido en capo del método indirecto, que nos acompañará también en la clase práctica de hoy. Alejandro dice que, en el acercamiento, lo peor es la duda. La duda es cosa de lauchas. “Es como subirte al trampolín”, dice. “Si mirás para abajo, no te tirás nunca”.
En la segunda clase, Iván enseña las etapas del método indirecto, impulsado por el gran Mistery: cómo comunicar un alto valor social –lo mejor para el levante, por ejemplo, es ir acompañado de mujeres-, cómo crear empatía, y cómo pasar del sutil manejo de la indiferencia a tomar la espada y lanzarse a la conquista. Y, lo principal, nos explica uno de los grandes hallazgos de Mistery, el empleo de “negas”, falsos descalificadores para bajar la autoestima de las chicas lindas. Decirle que tiene mal gusto, que es ignorante, que las cosas entre ustedes no pueden funcionar. Esos son negas. Y surten su efecto.

Antes de hablar, dice Mistery, es necesario tener un plan. Rutinas establecidas, que se van enlazando como un collar. En clase, apuntamos la rutina del intercambio de roles, la rutina de la rosa y la rutina de las mejores amigas. A veces, nos recomiendan, es bueno grabarse la voz para analizar cómo salen. Un alumno levanta la mano: “¿Y si me las olvido?” “El celular”, dice Iván. “Muchos se anotan los títulos de las rutinas en el celular. Es un machete.”

Al terminar la exposición, Martín nos expone las virtudes del método directo, popularizado por Bad Boy, y que él mismo pone en práctica: frases matadoras, sembrar y cosechar –apalabrar varios grupos, abandonarlos e ir luego, a recoger la cosecha-, humor arrogante, y el genial tira y afloje –un piropo y un golpe bajo-.
Lo mejor, nos enseñan, es no tomar partido por ningún método. A veces, se requiere ser directo. Otras, sutil. Los instructores nos alientan a utilizar técnicas combinadas.

Al final de la teoría, llegamos al escalamiento físico. Cómo pasar de jugar a la pulseadita china, a tocarle el hombro, la cintura, y luego el culo. “Siempre hay que tratar de llegar lejos con todas las mujeres”, nos aconsejan.
Y luego está el beso. El beso es un tema importante. Hay dos teorías divididas: están aquellos que entienden que lo mejor es besar apasionadamente a las mujeres en la disco y, aprovechar el ambiente a temperatura volcánica, para llevarlas al telo, y están aquellos que sostienen que lo mejor es dar un beso tranquilo, y sólo ponerse como orangután cuando hay una cama cerca.

Hoy nos dan tarea para el hogar: buscar cinco características atractivas de cada uno nosotros y cinco historias interesantes para armar rutinas. Iván, por ejemplo, dice anota prácticamente cada historia curiosa que le llega para incorporarla a sus rutinas. “Siempre hay cosas por mejorar. Esto es infinito”.

La última práctica

Es sábado, en vísperas del día del amigo. En Museum, una disco de San Telmo, la cola llega hasta media cuadra. En las boleterías, los empleados cuentan fajos de guita como si fueran capos narco. Adentro, el boliche está colmado. En Sunset se podía ver las presas a la distancia y analizar su comportamiento antes de atacar. En Museum, hay que actuar intuitivamente por corazonada.

En la primera media hora, el cosmetólogo besa a una señorita, se relaja y más tarde lo lamenta. “Ayer encaré a 23 grupos y hoy no paso de los 13, soy un tarado”. Le pregunto a Daniel, un alumno que vino a recuperar una clase perdida, qué clase de rutina está usando. “La de los anillos”, me explica. “Según el dedo en que lo lleva la chica, se le asigna un Dios del Olimpo y por lo tanto una personalidad. Las minas entran como caballos”.

Sondeo los pisos superiores de la disco con Fernando, un alumno que empezó en la escuela hace un año. Tiene 34. Nunca cogió sin pagar. Hoy dice que su gran meta es trincar minas. “¿No tenés ninguna meta mejor?”, le pregunto. “¿Y qué querés, que te mienta?”. “¿Y no tenés amigas?” “No puedo. Me las querría coger a todas Mirá esto”. Enciende el celular y pasea el cursor por el índice con todas sus rutinas. “Tengo un montón, pero me atrapo”.

Fernando está ansioso porque, la semana próxima, empieza con Iván sus clases prácticas de encare en la calle. “Yo trabajo mucho afuera, me va a venir al pelo”. Me cae bien Fernando. Parece un gran tipo. Sólo le falta la mujer que lo quiera tal como es, bueno, tranquilo, de su casa. Quién sabe: tal vez con el tiempo, cumpla con su meta, se convierta en un hombre exitoso, se coja un montón de mujeres y termine siendo un idiota. Así funciona el mundo. Cuanto más atención uno le pone a la cáscara, más se olvida de la pulpa.
Para esta noche, preparé especialmente una rutina propia que tiene que ver con mis pantalones rojos. Es así: “Cuando venía para el boliche, dos hombres me quisieron levantar pensando que, por mis pantalones, era gay. ¿A vos te parece un pantalón trolo o más bien es un pantalón metrosexual?” No importa la respuesta, el fuerte estaba en el remate, acompañado por una mirada hacia la bragueta: “Y decime, ¿no será que me encaran por el bulto?” Tal vez le parezca un chamuyo barato, pero a mí me llevó horas en prepararlo. Estaba orgulloso.

Le hago la rutina del pantalón a una morocha de anteojos, sentada en el primer piso que trabaja en un comercio de Laferrere. Cuando termino, advierto que la chica no se ríe: “¿Y de qué pantalón rojo me estás hablando?” Cuando me miro, descubro que está tan oscuro que a duras penas se ve que tengo piernas. Parezco un torso flotante. No se me ocurre qué decir. Por suerte, encuentro otro alumno, le presento a la chica y parto a una zona más iluminada.

En el camino, cerca de la salida, tropiezo con el estudiante que desertó en la primera noche. Lo jodo: “Che, mirá que estás muy cerca de la puerta. Eso es peligroso para vos”. “Estoy más cerca de lo que vos pensás”, me dice. Acto seguido, se da media vuelta y desaparece por la salida. Le aviso a uno de los instructores. Es tarde. Iván se vuelve a encoger de hombros –es decir, arquea mínimamente las cejas – “No te puedo creer. Es la primera vez que nos pasa”.

Por fin, llego a una zona iluminada.  Ya es bastante tarde. Intercepto a una chica con un look Pocahontas. Una mujer que, según dice, estuvo seis años y medio de novio, y que está desencantada con los hombres. Le hago la rutina del pantalón. Se ríe. Hago dos rutinas más de manual pero al final, me quedo en blanco, como un vendedor que se olvida qué está vendiendo.

Entonces, saco mi libreta, mi credencial –me sirvió para entrar al vip, tal vez me sirva para entrar a otras partes-, y le cuento la verdad: “Mirá, soy periodista y estoy haciendo una nota sobre una escuela de seducción donde me inscribí como alumno. ¿No es interesante?”. No sólo no le parece interesante, sino que le parece una estafa. Como tengo la libreta de clase abierta y como se me acabaron las rutinas, le cuento del mono antropomorfo, de programación neurolingüística, y le revelo un par iniciadores de conversación, traicionando los principios de la comunidad de seductores.

Ordenadamente, tal como me enseñaron, trato de acceder al escalamiento físico. Primero le toco la mano y luego deslizo la mía sobre su hombro desnudo. Luego, le pido que me anote el teléfono en la libreta. La chica me da una palmada en el hombro. “Para eso, querido. Te faltan un par de clases más”.
Si sigo el consejo de los instructores, debería insistir, al menos, tres veces hasta que me suelte el teléfono. Pero, antes de insistir con la chica, primero debería saber adónde corno se metió.

Por Emilio Cicco

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